Noticia24 Jul 20193 minutos de lectura

Por primera vez, una congregación admite a mujeres con síndrome de Down

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En los años 80, Line, una mujer francesa con vocación religiosa, conoció a Vèronique, una adolescente con síndrome de Down-. Ambas querían formar parte de una congregación religiosa, pero Vèronique no era admitida en ninguna de ellas. Entonces, Line se vió obligada a intentar ayudar a su compañera y tuvo la idea de fundar su propia congregación. El camino no fue fácil, a pesar de la fe que las dos amigas profesaban. Encontraron muchas trabas hasta que consiguieron fundar la comunidad de las Hermanitas Discípulas del Cordero, con el apoyo de un pediatra que investigaba el síndrome de Down, Jerome Lejeune.

«Visité varias comunidades que acogían a personas con discapacidad, pero estas personas no podían encontrar su lugar allí porque no eran adecuadas para ellas«, explica Line, convertida poco después en la Madre Superiora de las Hermanitas Discípulas del Cordero. «Y fue el encuentro con la joven Véronique, una niña con síndrome de Down, la que me inspiró para un nuevo comienzo. Me prometí a mí misma ayudarla para cumplir su vocación», narra Line en una entrevista a revista Vatican News. 

En 1990, las Hermanas solicitaron al arzobispo de Tours el reconocimiento como asociación pública de fieles laicos. Una vez reconocida tras 14 años de lucha y esfuerzo, la comunidad se instaló en Le Blanc para seguir, según afirman, el camino de Santa Teresa de Lisieux. Las Hermanitas continuaron acogiendo a las mujeres que querían unirse a ellas, sin importar si tenían o no discapacidad intelectual, a pesar de que el derecho canónico no prevé la admisión de estas personas en la vida religiosa.

«Nací con Síndrome de Down. Soy feliz, amo la vida y rezo. Es mi mayor alegría, ser la esposa de Jesús», afirma Véronique.

Actualmente, las Hermanitas Discípulas del Cordero son 10 monjas, ocho de ellas tienen síndrome de Down.  Su rutina diaria pasa por ir a misa, rezar y participar en varias actividades y talleres. Quizá algunas de las tareas requieran más paciencia, pero «son autónomas, ya que la vida contemplativa les permite vivir a un ritmo regular. Para las personas con síndrome de Down, los cambios son difíciles, pero cuando la vida es muy regular, logran gestionarla bien», explica la madre Line.

 

 

 

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